No guardamos la duración, ni los detalles a la largo de una experiencia, sino que tomamos los puntos más destacados de ella y hacemos una especie de media de los puntos clave. Así se llama a la teoría del peak-end, una manera de poder describir los procesos que lleva a cabo la mente. Según el peak-end, las sensaciones en tiempo real mientras se está inmerso en una experiencia, no se corresponden a la valoración posterior que se almacenan en nuestros recuerdos. Un análisis de sangre ocupa una celda del mismo tamaño en nuestra memoria que el haber pasado todo el día de vacaciones en la playa. Nuestro cerebro intenta calificar una experiencia de la manera más breve posible, para ayudarnos a evitarla en en futuro si es perniciosa para nuestra supervivencia, o repetirla por el contrario. Nuestros recuerdos no son más que una herramienta para guiarnos en nuestras decisiones futuras, no son realistas, y no son nuestra esencia de nuestro yo (al contrario de la creencia popular): no nos definen. No guardamos la realidad tal como fue, solo la que nos es más conveniente.
Vivir experiencias muy intensas y cortas es mejor que placeres largos sin sobresaltos. Por eso, podemos llegar a recordar tanto tiempo una estancia en nuestro parque de atracciones favorito. ¡Pero en realidad la duración de una atracción no llega a superar el minuto! En cambio podemos tener un gran recuerdo de ella, superior incluso al que tenemos por haber estado jugando a nuestro videojuego favorito toda la tarde. De hecho, aumentar la duración de las atracciones sería una decisión estúpida: aumentaría el coste sin aumentar el bienestar de los consumidores; en cambio sí que incrementa el tiempo de espera de las colas con lo que reduce el número total de atracciones que se pueden usar en total un mismo día.
Podemos ser conscientes de nuestra propia manera de funcionar, es fácil ver que ingerir un helado nos da una satisfacción, pero ésta felicidad es la misma pese al tamaño del propio helado. Somos inmunes a la duración de una experiencia, tan sólo hacemos cálculos heurísticos ponderados de la misma. Pero sí que es imperativa la intensidad.

Damos más importancia al yo que recuerda, que al yo que experimenta. ¿Por qué un final infeliz en la muerte de una persona empaña la calidad con la que valoramos en general toda su vida? ¿O por qué saber que una persona ha vivido toda su vida engañada nos hace compadecer, aun sabiendo que ha advertido una vida feliz? Varios experimentos demuestran que pagaríamos mucho menos por un viaje si supiéramos que al final de éste nos olvidaríamos de nuestros recuerdos. Realmente, hemos vivido esa experiencia, que ha podido disfrutar nuestro yo que experimenta. Quedará plasmada en el tiempo, que no puede ser modificado, pero aun así no la valoramos tanto. Nadie escalaría una correosa montaña si no podemos recordar en el futuro que lo hemos hecho. Los humanos valoramos tener una historia que nos enorgullezca, y que podamos valorar positivamente mediante la regla del peak-end. No nos importa lo que hayamos disfrutado o lo que hayamos hecho, sino tener una historia memorable. No importa nuestro yo, ni nuestros sentimientos y experiencias, ni lo que hayamos hecho o dejado de hacer, tan solo velamos por proteger nuestra identidad y la de nuestros genes.